miércoles, 30 de abril de 2014

Entrevista a Ana Madueño y Ana Edo, Hermanas de la Consolación

(Jesús Bastante).- Ana Edo y Ana Madueño son Hermanas de la Consolación, una congregación formada por unas quinientas religiosas con presencia en todo el mundo. Las dos Anas son ejemplo de que la vida religiosa no es sólo cosa de señoras mayores, como se suele pensar.
Sobre su vocación personal, Edo cuenta que sintió "que Dios quería de mí algo especial, no sólo trozos de mi vida". Explica, en cuanto al relevo, que su congregación no tiene "una súper masa de vocaciones, pero sí sigue habiendo gente con inquietud".
Madueño estuvo tres años en Togo y narra así su aprendizaje: "Me he dado cuenta, pensándolo muy seriamente, que en el fondo las personas somos muy parecidas. Las necesidades y los vacíos que llevamos dentro son las mismas. Da igual Togo o Sevilla". Defiende que las hermanas "no somos mujeres que 'no tenían otra salida'", sino mujeres que han optado por la compasión, que consiste, en palabras de Edo, "en decidir no pasar de largo delante de los problemas de los demás".
"Las cosas no se arreglan sólo rezando, la consolación consiste en que los que sufren nos sientan cerca", concluyen las hermanas.
¿Estáis sólo en España?
Edo- No, en cuatro continentes.
¿Qué es esto del año vocacional?
Lo empezamos el seis de enero de este año, 2014, porque el año que viene nuestra madre fundadora cumple doscientos años.
¿Quién es vuestra madre fundadora?
María Rosa Molas, nacida en Reus, Tarragona. El gobierno general pensó que la forma más simpática de poderlo celebrar sería haciendo un año previo de preparación. Y qué mejor forma de prepararlo que celebrando la vida y la vocación. Eso es lo que pretendemos: un año para dar gracias, fortalecer, invitar a otros a cuestionarse la vida.
¿Cómo vino tu vocación?
Bueno, fue una cosa muy sencilla. No me caí de ningún caballo ni nada espectacular. Simplemente en un momento sentí algo especial. También porque en casa se vivía un ambiente de mucha fe y de mucho compromiso. Siempre digo que cuando tengo que hablar de mi vocación tengo que hablar de mis padres, porque son personas de una fe muy firme y también de una gran compromiso social.
Sin embargo, las familias no suelen aparecer en las explicaciones del descubrimiento vocacional, que siempre parece algo más bien solitario...
Y sin embargo, ellos son los que ponen la semillita. Luego son las circunstancias (Dios, la oración, los grupos, la parroquia...) las que van regando esa semilla. Con sus crisis también.
Yo a mis alumnos les cuento que en un momento fue duro enfrentarme con la fe cara a cara y plantearme ¿creo yo, o creo porque creen mis padres? El momento de la confirmación fue una sacudida fuerte para mí. Lo que me llevó a encontrar respuestas y a encontrar al Dios verdadero.
¿Hay algún momento, en una vocación tan fuerte y tan permanente como lo es la de la vida consagrada, en el que oyes realmente la llamada?

Sí. En mi caso fue en una convivencia, en un pueblecillo de Castellón. Yo iba como monitora de un grupo de chavales, y recuerdo que estaba pendiente de que todo fuera bien, de que ellos estuvieran a gusto... Reflexionábamos, jugábamos... y en un momento sentí la necesidad de quedarme sola en la montaña. Fue un momento en el que sentí mucho la presencia de Dios, y que Dios me quería con locura. No sentí una llamada a ser Hermana de la Consolación, eso vino después. Pero sentí que Dios quería de mí algo especial, no sólo trozos de mi vida.
Por aquel entonces yo estaba estudiando en el instituto y los fines de semana teníamos grupos con los niños, pero yo sentía que a Dios le estaba dando sólo un ratito de mi vida. Y en aquella experiencia en la montaña sentí la llamada a dar más.
Después fue en una Pascua juvenil donde ya sentí el amor de Dios tan grande e incondicional. Y pensé: "Esto es una pasada. Yo quiero dar mi vida por esto. Quiero continuar esta relación especial".
Luego ya vino el carisma, conocer a María Rosa Molas.
¿Cómo decidiste entrar en las Hermanas de la Consolación?
Yo fui al colegio de la Consolación desde quinto de primaria hasta octavo de EGB. Después en el instituto seguí con los grupos del Movimiento de Consolación, y ahí fue donde conocí más a las hermanas. Me enseñaron a rezar, me inculcaron el compromiso social...
¿Cuáles son las señas distintivas de las Hermanas de la Consolación?
Quizá que la fundadora es una persona muy normal. Por circunstancias de la vida sintió mucho desconsuelo y encontró toda la consolación en Dios. Esas veces en la vida en que todos tus apoyos van desapareciendo y te quedas colgado. Además fue en el siglo XIX, con una situación social y política muy difícil. También a nivel familiar, perdió a su madre muy joven, y eso hizo que ella todavía se aferrara más a Dios, totalmente confiada y abandonada en Él.
A mí eso siempre me ha llamado mucho la atención: cómo focalizó todas sus energías en Dios y en los pobres. Para favorecer a aquellos a los que la sociedad y la vida no les han dado tantas oportunidades, y que son los que necesitan mayor consuelo. Los preferidos.
Otra cosa que me gusta mucho de nuestra fundadora es que fue una mujer muy profética. En aquel momento las mujeres estudiaban muy poquito, y menos las religiosas. Ella, en cambio, luchó por estudiar y por dar una educación muy integral a las mujeres, sabiendo que en ello se jugaba el futuro de la sociedad.
Ella se siente mucho como un instrumento de Dios, y eso la lleva a comprometerse con sus hermanos, especialmente con aquellos que más lo necesitan.
Es decir, que vuestro nombre refleja bastante vuestra misión...
Sí, y nuestra identidad.
Dentro de vuestra congregación, ¿te has enfocado hacia el trabajo en educación?
Sí. estoy en un colegio en Tortosa, Tarragona.
Yo entré muy joven a la congregación, al día siguiente del cumpleaños en el que cumplí los dieciocho años. Durante el primer tiempo recibí formación propia de la vida religiosa, y luego amplié esos estudios estudiando Ciencias Religiosas y Pastoral Vocacional en Roma.
Dices que tu vocación tiene mucho que ver con lo que viviste en tu familia... ¿Cómo se lo tomaron ellos?
Bueno, los asusté un poco. Creo que uno ve más o menos por dónde va su hijo pero a veces no quiere terminar de verlo... Ellos me apoyaron siempre pero me pidieron que esperara. Les di la noticia cuando tenía diecisiete años y me pidieron tiempo. Que lo pensara bien, que ellos veían que yo tenía capacidad... Les daba un poco de respeto. Después me entendieron y siempre me han apoyado. Para mí son un estímulo en momentos en que siento alguna dificultad. Cuando me notan más floja o más triste, ellos siempre se ofrecen y me apoyan.
¿Pertenecéis a una familia (la congregación), pero al mismo tiempo mantenéis la vuestra propia?
Sí, eso es lo realmente bonito. Es un don de Dios tener dos familias.
Ana, te hago la misma pregunta que a la "otra" Ana, ¿cómo llegaste a las Hermanas de la Consolación?

Madueño- Bueno, nunca es la misma respuesta. En mi caso, mi familia no me ha acompañado tanto como la de Ana en este proceso. Yo pertenecía a la parroquia donde estaban las Hermanas de la Consolación, donde animaban un poquito la pastoral, la catequesis, el coro... Allí las hermanas trabajaban también en el hospital de Úbeda. Yo empecé en la parroquia en los grupos de jóvenes. Lo que pasa es que por parte de mi familia no había apoyo, ellos no comprendían que escogiera ese camino. En ese sentido sí que fue un poquito más difícil pensar que Dios estaba detrás de esa situación. Porque por un lado era contraria a mi familia, pero por el otro a mí me hacía feliz.
Antes de entrara en la congregación me fui a Granada a estudiar enfermería, y tuve la suerte de que también en Granada había una comunidad de Hermanas de la Consolación, donde pude entrara al principio como laica. Posteriormente tomé contacto con la comunidad novicial, y eso fue distinto porque veía a las jóvenes que se estaban preparando, veía su ilusión... y eso me motivó, me cuestionó mucho, me abrió. Tuve la suerte de poder realizar una experiencia de voluntariado internacional en Córdoba, Argentina. Estuve un mes, y allí me cuestioné más en serio todavía. La verdad es que para mí fue una experiencia decisiva ver cómo trabajan las hermanas y cómo para los residentes de allí las hermanas son su familia. Son personas abandonadas por la sociedad y por la visa, que no tienen a nadie, y las hermanas lo son todo para ellos. Los quieren como si fueran su familia. Ese cariño y esa preocupación a mí me marcó mucho. Fue el empujón que me faltaba para decidir que yo también quería eso, estar así con los pobres y con la gente que lo necesita.
Háblame de tu experiencia africana
A África me fui después de profesar. Cuando acabé la carrera de enfermería entré a la congregación, recibí la formación inicial de postulante y novicia y profesé. Luego me preparé un poquito con el idioma y me fui a Togo, donde he estado tres años.
¿Allí es todo radicalmente distinto?
Sí, más de lo que me podía imaginar. Es una experiencia única. Aunque también dura.
Yo he trabajado en un centro de salud que abrimos en el año 2011, y allí he visto que la escasez y la necesidad hacen que las personas soporten mucho el dolor físico. Y eso es terrible. Te encuentras con síntomas que se podrían solucionar fácilmente, pero faltan los medios. Pero por otro lado, cada cosa es un aprendizaje. La fe y la esperanza que tienen. El aguante y el sacrificio también. Pero también depende de cómo lo vivas. Hay veces que tienes más fuerzas y otras que le preguntas a Dios "¿dónde estás? Mira lo que están sufriendo tus hijos...". Pero creo que en el fondo he aprendido mucho como cristiana. También como mujer y como sanitaria. Para mí ha sido una experiencia preciosa.
¿Lo echas de menos ahora que has vuelto?
Sí. Pero también entiendo que estoy en un periodo de formación inicial y que es necesario vivir otras realidades, conocer también la realidad social de España, que también es muy dura.
¿Sigues trabajando aquí en el ámbito socio-sanitario?
Sí. En una residencia de ancianos en Triana, Sevilla. Y allí me he dado cuenta, pensándolo muy seriamente, que en el fondo las personas somos muy parecidas. Las necesidades que llevamos dentro son las mismas. Da igual Togo o Sevilla. Los vacíos son los mismos. También los españoles necesitamos alguien que nos acompañe, que nos escuche. Como en cualquier otra parte del mundo.
¿La crisis que estamos viviendo aquí nos ha permitido contemplar con más cercanía el sufrimiento de nuestros hermanos que antes veíamos tan lejano? ¿Hemos tenido que experimentar en carne propia las privaciones para darnos cuenta de lo que siente la gente que sufre?
Edo- Sí, ahora vemos más claramente el vacío y la desesperación. Y hay más preguntas que se quedan flotando en este momento, y para las que a veces no hay respuesta más que el acompañamiento, el sufrir con ellos. El tener la compasión de decidir no pasar de largo delante de tu problema, sino afrontarlo contigo, corazón a corazón.
Por ser religiosas de la Consolación no tenemos una varita mágica que dé la solución a los problemas, ni tampoco las cosas se arreglan sólo rezando, pero la consolación consiste en que los que sufren nos sientan cerca. Creo que eso es lo que hace que uno tenga fuerzas para remontar. Cuando te sientes apoyado, comprendido y querido, creo que es cuando tienes fuerzas para buscar soluciones y salir adelante.
Madueño- Nosotras nos apoyamos mucho en el grito del profeta Isaías: "Consolad, consolad a mi pueblo, dice Dios. Hablad al corazón de Jerusalén...". Al corazón de las personas. En eso consiste ser instrumento de la consolación. No hacen falta grandes actividades, sino saber sanar las brechas que existen en el corazón de las personas.
¿Cómo es la vida en vuestra comunidad?
Madueño- Mis hermanas son geniales. Ana y yo pertenecemos a comunidades diferentes. Yo vivo en una comunidad formada por nueve hermanas, y junto a nosotras está también la comunidad novicial, aunque lleva un ritmo aparte.
¿Qué edades tenéis?
La más mayor tiene 93 años. La más joven soy yo, que tengo 28. Como vivimos en la residencia de ancianos, las hermanas mayores tienen la suerte de poder participar también en las actividades de rehabilitación de la residencia, o en los talleres. Pero a pesar de los achaques que tienen como personas mayores, nunca dejan de trabajar. En las congregaciones religiosas existe ese pequeño "problema": que lo de la edad de jubilación no está muy claro. Ellas siempre están dispuestas a echar una mano a los trabajadores o a las hermanas más jóvenes, de las que también estoy aprendiendo mucho. Ellas cuidan mucho la pastoral y el acompañamiento a los ancianos que están en la etapa final de su vida, para que se reconcilien, para que se encuentren con Dios, para que también hagan un trabajo y un proceso con sus familias (porque muchas de ellas están enfrentadas en cierto modo)... Todo esto aceptando las manías de las personas mayores, que a veces son un poco quisquillosas; queriéndolos y estando con ellos. A mí esta experiencia también me está enseñando muchísimo.
Edo- En mi comunidad somos seis hermanas, y el enfoque es diferente. Trabajamos en un colegio pequeño pero muy plural, porque tenemos guardería (con niños de cuatro meses) y tenemos también ciclos formativos de Grado Medio (además de la Educación Infantil, Primaria y Secundaria). Es decir, que también preparamos a la gente para un trabajo. Y ahora con la crisis hay muchas personas sin título que se han puesto a estudiar a una edad ya avanzada. Así que la comunidad somos el corazón que palpita en colegio, intentando darle un ritmo y un cariño constantes. También es muy importante la presencia y el papel que desempeñan las hermanas mayores, que están en la puerta, atienden a las familias, las escuchan, están pendientes de detectar los pequeños problemas... De esa manera trabajamos en conjunto, como una familia. E intentamos que a esa familia también se sumen los profesores.
Ambas estáis en contacto continuo con profesionales que no pertenecen a vuestra congregación (médicos, profesores...). ¿Eso os permite estar en total contacto con el mundo?
Madueño- Sí, es una riqueza. En Togo también trabajábamos mucho con personal autóctono, pero como era un centro que acababa de empezar teníamos que hacer un poco de rodaje de conjunto. Pero en la residencia donde estoy ahora, que tiene su base bien puesta, se trabaja cada vez más la formación carismática con los trabajadores, y sientes que la mayoría de ellos viven la residencia como su casa, atienden a los ancianos como si fueran su familia y se preocupan hasta por el más mínimo detalle. En ese sentido, ellos también forman parte de la familia de la Consolación. Si no fuera por ellos, sólo las hermanas no podríamos llevar adelante la residencia, en la que tenemos casi cien ancianos que necesitan recibir un poquito de consolación.
¿Cómo estáis de vocaciones? ¿Hay gente que se acerca a vosotras y se interesa?
Edo- Sí, sigue habiendo gente con inquietud. Postulantes, novicias... No es que tengamos una súper masa, pero sí que hay gente, lo cual nos da mucha esperanza. Dios sigue llamando, porque sigue necesitando personas que llevan su consolación. Nosotras también tenemos que intentar que los oídos se abran. Los oídos, los ojos y el corazón. Ése es el objetivo de este Año Vocacional. No se trata de ir a la pesca de nadie, sino de abrir los sentidos a la vida. Dios nos ha dado este gran regalo que es vivir, y la vida tiene un porqué. Algo tenemos que hacer con nuestra vida. Se trata de buscar el lugar, el "para qué". El objetivo de este Año Vocacional es agradecer por los que ya nos sentimos llamados como religiosas, como laicos o como familia de la Consolación; y a la vez que nuestro testimonio provoque en otros la pregunta de para qué estoy aquí. Buscar sentido.
Madueño- En la residencia trabajamos el Año Vocacional con los trabajadores y con los voluntarios, pero también con los ancianos. Es una experiencia de agradecimiento por la vida que también es muy buena para ellos. Ellos ya han elegido su vocación, pero a lo mejor nunca la han entendido como vocación, como regalo de Dios. En ese sentido, el Año Vocacional pretende que en todas nuestras presencias, allí donde estamos, nuestros destinatarios se pregunten, se planteen y agradezcan.
¿Os proponéis también, con vuestro testimonio, demostrar que las religiosas no sois "bichos raros", como a veces se piensa?
Madueño- Eso es. No somos mujeres que "no tenían otra salida" ni nada parecido.
¿Os podemos encontrar en la red?
Sí, en la web www.consolacion.org
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