miércoles, 3 de julio de 2013

Visita del misionero en Honduras, Manuel Botet

Estas semanas ha estado en la Diócesis el misionero paúl Manuel Botet, hijo de Vall de Uxó. Su trabajo pastoral en Honduras, uno de los países latinoamericanos más violentos, se centra en la pastoral juvenil. Este sacerdote, que estudió en seminario diocesano, explica que los jóvenes con los que trata están en una búsqueda por la inseguridad e incerteza de su vida, y de ahí la entrega al Reino de Dios y el seguimiento de Jesucristo sea para ellos una respuesta muy válida: “Ven que hay la necesidad de anunciar y testimoniar que la vida puede ser de otra manera de cómo está sucediendo en la realidad que ellos encuentran”.
Botet está convencido que esta búsqueda es común a todos los jóvenes. Desde esta visión, muestra cómo anunciar la Buena Noticia para despertar la fe: “La realidad es la pobreza, la miseria y el sufrimiento, pero también hay otra realidad que es la entrega la generosidad y la caridad, de modo que poder confiar en el hermano ya es como un empuje para también confiar plenamente en Jesús. Los jóvenes tienen esa generosidad de querer ayudar ante las adversidades, y cuando comparten con los que están sufriendo o están más necesitados que ellos entonces también sienten que Jesucristo está con ellos y necesitan buscar más y crecer más en la fe”.

Manuel Botet también ha compartido su experiencia de parroquia misionera. Su último destino es una parroquia que atiende a cinco suburbios de la capital hondureña, Tegucigualpa, aunque participa en misiones como en la de San Francisco de Asís, donde dos presbíteros son responsables de una parroquia para 47 pueblos rurales. También ha pasado siete años en San Vicente de Paúl, una comunidad formada por 17 pueblos y cinco barrios de San Pedro de Sula.


De su experiencia en la pastoral resalta el papel de los Delegados de la Palabra. Se trata de hombres y mujeres, a menudo promocionados por las propias comunidades de base por su testimonio y entrega personal, que aseguran el cuidado de los fieles en ausencia de los presbíteros. No se trata de un servicio de buena voluntad; después de ser acompañados por el equipo local de Delegados, los candidatos se forman en un centro diocesano durante tres o cuatro años en pastoral, teología y dimensiones humanas. Al final son enviados por el Obispo con un nombramiento. Botet explica que “dada las dimensiones de la vida pastoral, su papel es clave”, y añade que lo ejercen con una enorme responsabilidad.
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