miércoles, 14 de marzo de 2018

Francisco Javier Abril Agost, Carmelita Descalzo desde la misión de Lomé (TOGO)


Llegado a mediados de noviembre 2017 para incorporarme a esta presencia carmelitana en la capital de Togo, he sido acogido calurosamente por la joven comunidad compuesta por dieciséis miembros: tres religiosos carmelitas (Roger, Antoine y un servidor) y trece jóvenes en formación: 6 postulantes carmelitas y 7 misioneros de la Misericordia Divina. Estos últimos pertenecen a una nueva congregación autóctona, fundada por un obispo togolés que falleció recientemente, y la Conferencia Episcopal Togolesa ha pedido a los Carmelitas Descalzos la delicada tarea de acompañarles en su vocación, puesto que estos jóvenes son los primeros y no tienen aún religiosos para formarles. Togoleses, burkinabés y un español son las distintas nacionalidades de los miembros de nuestro convento.
 

Nuestra comunidad de Carmelitas Descalzos de Lomé (Togo)


Un clima marcado  por la alegría de la fraternidad compartida anima nuestra comunidad con el ritmo cotidiano, semanal y mensual de nuestros encuentros para la oración y la eucaristía y momentos de compartir la Palabra de Dios y las vivencias y la recreación y los trabajos domésticos.   
Nuestros jóvenes en formación estudian la Licencia en Filosofía en el centro de estudios superiores Don Bosco de los Salesianos que está muy cerca de nuestra casa, aquí en el barrio de Akodésséwa donde habitamos. La mayor parte de los jóvenes misioneros de la Misericordia Divina están en Teología y van a clase al seminario mayor inter-diocesano Jean Paul II de Lomé.
Importante es pues el cuidado de nuestra vida de cada día en la comunidad, en todos sus aspectos. De aquí, nuestros jóvenes pasarán al noviciado, en Burkina Faso, un año intenso de iniciación a la vida consagrada – carmelitana, para continuar luego à Abijan (Costa de Marfil) y hacer los estudios de teología, ya como jóvenes religiosos. Mi misión aquí es de colaborar en la animación de la vida comunitaria y en el acompañamiento de los jóvenes en formación.

Colaboramos en la pastoral de la parroquia de los Salesianos a la que pertenecemos. Por ejemplo, yo doy catequesis de confirmación para un grupo de jóvenes en la capilla del barrio sucursal de la dicha parroquia. También he comenzado a animar retiros espirituales  a distintos grupos cristianos de la zona.
Durante la Cuaresma, vamos varias tardes por semana a confesar en las distintas parroquias del arciprestazgo Sur de Lomé y me impresiona mucho los numerosos cristianos de todas las edades que vienen a recibir el sacramento de la reconciliación para preparar la Pascua. Decir que los católicos son la mayoría aquí en la capital del país, respecto a otras confesiones.
En un futuro próximo espero dar cursos de español como medio de trabajo para ganarse el pan y contribuir así a la autofinanciación de nuestra comunidad, que sigue dependiendo mucho económicamente de nuestra Provincia Ibérica, puesto que son numerosos los jóvenes en formación.


Con el grupo de jóvenes de nuestra comunidad en excursión

Como experiencia pastoral más personal, compartir la creación de dos grupos en estos meses, uno de adolescentes – chicos y chicas que estudian el bachillerato – y otro de jóvenes – la mayoría universitarios y otros que trabajan ya – con el objetivo de iniciarse en la vida de oración – amistad con Jesús y la familiaridad con la Palabra de Dios  -, el compartir entre los miembros y el compromiso de evangelizar en su medio. Los sábados por la tarde hacemos las reuniones, los chavales a las 15 H 30 y los jóvenes a las 17 H. Como actividades complementarias, con el grupo de adolescentes, he comenzado a preparar una obra de teatro, y con los jóvenes universitarios, voy a visitar a los enfermos del barrio dos tardes por semana y preparamos una evangelización.
También he podido reeditar tres pequeños documentos que había ya publicado en Burkina Faso, para venderlos de nuevo aquí y que los aprovechen estos cristianos, uno  sobre la iniciación a la vida de oración, otro sobre santa Teresita del Niño Jesús y el tercero sobre santa Isabel de la Trinidad.
En el momento que os escribo, la brisa agradable del océano Atlántico corre por las ventanas y la puerta abierta de la habitación que da al claustro del convento. Clima diferente pues al fuerte y seco calor de Burkina Faso. También frecuentemente el cielo de la ciudad es atravesado por los aviones que despegan y aterrizan en el aeropuerto internacional. Y desde la terraza enorme de nuestro convento, además de gozar de la ya mencionada brisa marinera, vemos el cercano puerto marítimo, uno de los más importantes de África.
Estamos en un barrio popular de la ciudad donde sólo las calles principales están asfaltadas. Ya con las primeras lluvias que han caído,  he constatado que todo se vuelve un barrizal. Me han dicho que varias veces se recibió financiación para obras de canalización y alcantarillados… pero el factor “corrupción” es fuerte también aquí en Togo. Con un régimen dictatorial revestido de democracia, son numerosas las injusticias vividas y sufridas por los Togoleses: la mayor parte de las riquezas acaparadas por unos cuantos, acceso a los puestos de trabajo por influencias, falta de perspectiva para una población joven muy numerosa, incluso entre los que han estudiado en la universidad, salarios muy bajos de los funcionarios, hospitales desprovistos de lo más necesario… La gente empieza a movilizarse para contestar a tanta corrupción, pero aquí el ejército sigue siendo fiel a régimen. Pero a pesar de todo, la vida sigue llena de color en este pueblo togolés, compuesto en un buen porcentaje por las jóvenes generaciones. Una sociedad y una Iglesia  llenas de potencialidades y de retos…
Cómo no mencionar al papa Francisco cuando nos dice que “la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás» (Evangelii gaudium nº 10). Doy gracias a Jesús por este buen ejemplo de vida que recibo de tantas personas en estas latitudes y otros tantos provenientes de otros lugares que intuyo y percibo también en mi oración y en mi vida. Y le pido que, como nos enseña nuestra hermana santa Isabel de la Trinidad, cada uno de nosotros podamos “estar junto a Él como un pequeño vaso cerca del manantial, de la fuente viva, para poder comunicarlo a todos” (cf. Isabel de la Trinidad, Carta 191). 
                                                                           
                                                                   

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