miércoles, 19 de diciembre de 2012

ENTREVISTA A MN. DOMENECH, PRIMER MISIONERO DIOCESANO


“Cuando desde nuestra pobreza de sacerdotes y medios nos abrimos a compartirlo con los otros, es una forma de enriquecernos”
Históricamente, la evangelización de América la hicieron los franciscanos, dominicos, agustinos y mercedarios de las provincias castellanas, mientras que nuestras tierras no pudieron enviar misioneros hasta el siglo XVIII. Como fruto del Concilio, en los años sesenta hubo una nueva primavera misionera. El primer sacerdote que respondió fue mn. Domenech (Sant Mateu, 1928).

- ¿Qué le motivó a responder a la llamada del obispo Pont i gol y ofrecerse para ser enviado en misión?
Yo pertenecía a la Diócesis de Tortosa, y pasé a Segorbe-Castellón el 31 de enero de 1963. En el segundo boletín que recibí, el Obispo Pont y Gol pedía voluntarios para ir a América para cumplir el deseo de Juan XXIII. Como que acababa de llegar y no tenía ningún lazo aquí, me ofrecí y me aceptó. El compromiso de la Diócesis era aportar dos sacerdotes, y mn. Vicent Gómez y yo enviados a Chile.
- ¿Qué le aportó personalmente esta experiencia?
Mi experiencia más rica en Tortosa habían sido los Cursillos de Cristiandad, y a los dos días de llegar a Chile me llamó el Arzobispo para que me encargara de ellos. Al mismo tiempo, daba clases en el Seminario, en la universidad Católica, y me ocupaba de la juventud universitaria. Este trabajo me aportó seguridad en mi entrega al sacerdocio y el afán de comunicar a todos las realidades de la Iglesia Católica de todo el mundo.
- Y a nivel diocesano, ¿qué aporta la misión?
De pronto, cumple la obligación de participar en una acción de la Iglesia Católica. En este sentido, los territorios de nuestra Diócesis siempre ha gozado de buena fama misionera en España por la cooperación con las Jornadas  Pontificas como la Santa Infancia, y eso demostraba que los movimientos eclesiales habían trabajo mucho en la misión. Las misiones también aportan una  visión universal de la Iglesia y distintas formas de vivir la fe. Todo ello enriquece con una pastoral más abierta.
- ¿Qué claves piensa que son esenciales en la misión actual?
Lo primero que diría es que cuando los obispos españoles se quejaron a Juan XXIII de que pidiera enviar sacerdotes, él les respondió que  “la generosidad nunca ha arruinado a nadie”. Por tanto, cuando nosotros, desde nuestra pobreza de sacerdotes y medios, nos abrimos a compartirlo con los otros, es una forma de enriquecernos. Por otra parte, cuando uno va a misiones lo hace sin las protecciones institucionales que tenemos aquí. De ahí que, aunque al principio comencé centrándome solo en el servicio parroquial, pronto me di cuenta que es como labrar en el mar, porque contactar con el sacerdote dos veces en la vida no hace nada. Es necesario ir más allá y por eso hice un plan basado en los Cursillos de Cristiandad, con la espiritualidad carismática, y clases bíblicas para la formación. Y pienso que esto también sirve aquí.
En estos años son muchos los latinoamericanos que han venido y que colaboran en nuestras parroquias.
¿Qué nos aportan?
La frescura de una experiencia nueva, de un cristianismo que vive como un estreno del amor.
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